
Carmen (a la izquierda)
El texto es un grupo de relatos sobre algunas mujeres presas que pertenecieron a la compañía Teatro Yeses. Es un retablo de claroscuros talllados con las derrotas y esperanzas, donde el fatalismo aparece sazonado con un punto de rebeldía que convierte en drama trágico sus vidas, y en heroínas a quienes las viven sin mas propósito, en la mayoría de los casos, que sencillamente vivirlas.
Carmela estaba archivada en Carabanchel. Cuando la conocí era muy joven pero ya una veterana en las lides carcelarias.
¿Desde cuando llevas aquí?
- Desde los dieciséis
- Y por qué?
- Porque no pude antes
Su historial era extenso y se componía de variaciones sobre el mismo tema: robo con intimidación. A diferencia de otras versiones del atentado contra lo ajeno, el robo con intimidación implica un punto de honradez, el que consiste en no negar que efectivamente, uno es un ladrón. Nunca he entendido que los códigos penales castiguen más, por ejemplo, la estafa o la apropiación indebida, cuando al menos requiere el plus de arrojo que significa la puesta en escena del apoderamiento de lo ajeno, capacidad interpretativa que desde luego no tiene el presidente del consejo de administración que se nos lleva los cuartos parapetado tras una mesa de caoba y protegido por cohortes de abogados. Carmela era en esto una clásica. Para robar había que ir de frente y por derecho, cruzándose al pitón contrario, como hacen los toreros de verdad. En su curriculum no estaba el asalto a señoras desvalidas a la salida del metro, ni minucias de este calibre, en las que valía más el susto que el exiguo beneficio de las cinco o seis mil pesetillas que se podían obtener en el lance. Lo suyo eran los bancos, el centro neurálgico del sistema de propiedad que articula el mundo desde hace un buen puñado de siglos. Ahí se movía con soltura. Aunque, como pasa en todas las profesiones…(está bien, dejémoslo en ocupaciones habituales), no estaba exenta de dificultades.
-Está chungo porque no sabe una cuándo ir, si vas a primera hora, que es cuando acaban de llegar los de prosegur con las sacas de los billetes y es cuando vale la pena entrar, están las señoras con sus cartillas de ahorros que van a sacar dos mil pesetas. Una se pone chula y en plena vorágine me dice: “¿Que tú a mi me vas a robar, mocosa? ¡pero qué te has creído! ¡Anda a tu casa que menudos disgustos le estarás dando a tu madre!” Y te pegan con la cartilla y todo. Y qué vas a hacer, no les vas a pegar un tiro, así que no vas.
Los expertos de la prisión solían decir que Carmela estaba totalmente “prisionizada“. El palabro por supuesto no existe, pero viene a querer decir algo así como que tenía anulada su capacidad de desarrollo personal fuera de la cárcel. Que solo se podía obtener de ella resultados positivos dentro de la prisión, y que esto era debido al mucho tiempo que llevaba presa y a su juventud.
Un día al acabar el ensayo le pregunté a un educador del centro, psicólogo, -que andaba siempre cerca echándonos una mano en las tareas del teatro, convencido de que tenían una utilidad para las internas y no eran simples mariconadas:
-¿Es posible que haya aquí mujeres dentro que, por el tiempo que llevan, se hayan adaptado de tal forma a la vida en prisión que fuera no sepan qué hacer con sus vidas?
-¿Con sus vidas? No.-contestó- Eso a menudo no se sabe aunque haya estado en prisión. El problema es cada instante, cada minuto del día, la imposibilidad de construir esa cotidianidad que vivimos todos, que nos aburre muchas veces, pero que nos da una estructura, un fundamento a nuestra vida de relación. y que aqui en la cárcel viene dada. Cuando salen es como un barco que se hubiera quedado sin brújula, que navega porque le empuja el viento pero que no sabe dónde va.
- Oye, Carmela, ¿es cierto eso que me contabas el otro día de la “prisionización“? - le dije en el intermedio de un ensayo- Me lo ha explicado muy bien Isaac, el educador.
- ¿Lo ves?- me dijo- si yo no te cuento mentiras, por lo menos en la cárcel. Fuera sí, porque como estoy “prisionizada”, me desoriento y no sé manejarme en el día a día, pero aquí dentro, en absoluto, soy una chica la mar de aplicada y reinsertable.
- ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? -era la pregunta obligada para cualquiera que hubiera cruzado con ella tres palabras.
-¿ No te lo han dicho? Tengo que vivir en la cárcel, no puedo vivir fuera, no sé -contestaba con esa sonrisa medio canalla de la mujer dura que le gustaba interpretar. Había sido ella, efectivamente, quien me había dado su diagnóstico criminológico.
- Si tienes tan claro lo que sucede contigo misma, ¿qué te impide evitarlo? Le hice la pregunta del millón de dólares. Resultado: me aplicó el castigo de su sonrisa canalla, se me acercó despacito al oído izquierdo y susurró: “porque soy una psicópata peligrosa”.
Carmela era una actriz pasional e intuitiva. Desde que en 1985, en la antigua cárcel de Yeserías, se fundase teatro Yeses -una mezcla de taller penitenciario y grupo de teatro estable- no ha habido otra actriz con más luz que ella. Puestos a escarbar, las ha habido técnicamente más completitas, incluso más disciplinadas en escena, pero ninguna otra ha tenido eso que no se sabe bien qué significa pero que todo el mundo entiende, y que se llama carisma.
Carmen actuó de principe valiente que seducía a una incauta muchacha. Otra vez se la vió de bombero en La cantante calva. También con rulos y bata de guatiné; pocas veces habría visto Darío Fo a su personaje de Una mujer sola tan exprimida de posibilidades y tan dramáticamente bien servida. Ella era guapa y bien que se lo hacía. Tenía un extraño manejo de sus capacidades físicas y las ponía generosamente al servicio de la interpretación. Manejaba su cuerpo y su voz con una soltura que a las actrices y actores les cuesta años aprender. Y, desde luego, no conoció más escuela de teatro que el taller de la prisión. El secreto era una conveniente mezcla de intuición y vida, unido a ese fatalismo cultivado, que llevaba a hacer de sí misma el mito de su autodestrucción.
En su carrera artística interpretó a La Filo de Mal bajío, una obra que contaba con amor y crudeza la vida cotidiana en una cárcel de mujeres. La Filo era la chica taleguera por excelencia: de barrio, familia pobre con mil problemas, drogadicta, pendenciera, etc. No hacía de sí misma, aunque algunos de esos rasgos los compartía con su personaje, pero sí se disolvió en ella y le prestó sus propias vivencias.
Interpretó a la Chusa de Bajarse al moro de Alonso de Santos ¡tan querido por las yeses!.Carmela puso la dosis de ingenuidad, inconsciencia y ganas de ser libre y pasarlo bien que el personaje requería. Hizo, de , de atracadora La estanquera de Vallecas. He aquí un caso de vida prestada al teatro para que sirviera de materia prima:
- Tienes que ponerte nerviosa, que estar agitada, tener prisa…, cuando se va a atracar uno no está como en su casa- le decía desde la dirección en un ensayo.
- No -contestaba ella- cuando se va a atracar hay que estar como si nada. Yo ni me pongo nerviosa, ni me agito.
Ahí tienen ustedes un modelo de atracador cogido de la realidad. ¡qué poca idea tienen los directores y guionistas de cincuenta mil películas!
Tuvo otras muchas actuaciones memorables donde se permitía alardes y juegos. Era imprevisible, no se salía del personaje, se tomaba muy en serio el teatro, servía para que la vieran, para que la admiraran, y eso no se puede desperdiciar, sobre todo cuando se ha decidido hacer de la propia vida y su extinción un espectáculo; pero cada vez le daba a su interpretación un sesgo distinto, un matiz nuevo. Solamente cuando se está cómodo y se domina el escenario se puede permitir el actor o la actriz un lujo semejante. Era un chorro de vida fértil en los metros cuadrados del escenario, pero que se escapaba inútil, incomprensible, en cuanto apagaban los focos.
Carmen se murió sola. Es una crueldad que no tuviera público en el momento culminante de su interpretación. Como Fedra, como Mariana Pineda, hubiera merecido celebrar la ceremonia de su muerte frente al gran auditorio y poder despues recoger los aplausos. Pero no hubo opción a despedida. No había enfermado antes. Enfermar es una indignidad y una lata. Un día la ingresaron en un hospital alejado y siniestro. La metieron en una habitación de cuatro camas, la colocaron en la tercera, según se cuenta desde la puerta a la ventana del fondo, una ventana enrejada, con vistas a otro edificio del mismo hospital. Le aplicaron la preceptiva botellita de suero en un brazo, y el otro se lo esposaron al cabecero de la cama. Y a esperar que muriera. En la planta que el hospital tenía dedicada a enfermos presos, había una especie de garita acristalada -peceras, siempre peceras- con dos o tres policías de paisano para que Carmela no se escapara.
Fuí a verla varias veces. Hablamos de muchas cosas: de la vida y del futuro de Yeses; tambien con los silencios, con los ojos, intensamente. Nos conocíamos muy bien. y como a ella le gustaba decir, desde el principio tuvimos muy buenas vibraciones.
Una noche fría de invierno, se apagó. Se dejó ir sola o la dejaron morirse. La metieron en una tumba excavada en el suelo, en un cementerio inmenso, limpio, de trazado ortogonal perfecto, y la taparon con una plancha de cemento donde gravaron a punta de formón una referencia inextricable. Transcurridos unos cuantos años solo puedo decir que la llevo en el corazón y que siempre estará presente en cada una de las actrices que ponen, su esfuerzo y entusiasmo, al servicio de la compañía Yeses.